Después de una larga época de matrimonios, decidimos tomarnos unas pequeñas vacaciones de la ciudad y volamos a Cuba en búsqueda de algo de relajación y por supuesto inspiración.

Llegamos un día no tan soleado pero si bastante caluroso, realmente no sabíamos que esperar, pero poco a poco La Habana fue mostrándonos su innegable magia.

Ir a Cuba es como caminar vendado, no sabes que esperar y no crees una realidad que llegaste hasta que abres la puerta de la casa y te encuentras en un lugar detenido en el tiempo, surreal, pero que provoca caminar y descubrir, donde los niños corren y juegan en las calles, todos hablan entre sí con risas y alegría, donde el paso del tiempo y el desuso de muchas estructuras juega en armonía con una estética perfecta, donde lo viejo no tiene que reemplazarse sino exponer su belleza tal y como es, clásico, antiguo y con un gran valor.

Caminando por las calles de la capital cubana, encuentras un sin fin de paletas de color, siluetas y formas de reutilizar lo que creemos inutilizable, un tropical antiguo que hace de La Habana un lugar muy particular. La naturaleza ha creado su paso a través de las estructuras de hace mas de 70 años, es impresionante como te encuentras en cada cuadra casas con arboles inmensos en sus jardines internos o en sus fachadas, buganvillas forrando todo un techo y un sin fin de plantas que le dan ese toque botánico que tanto amamos en Santaboda.

Para los futuros viajeros recomendamos comer en algún paladar para que prueben la comida tradicional cubana, tomarse un mojito en 304 en la Calle O’reilly, cenar en El Cocinero por Miramar, ir a la Fabrica de Arte Cubano y caminar, caminar y caminar para descubrir poco a poco la ciudad.

Definitivamente no solo amamos Cuba sino también la recordamos con mucha emoción al son de Los Carachi y el almendrón de regreso a casa.

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